Patricio Guzmán, es simplemente, un poeta. Y un poeta exquisito. Un poeta que nos lleva mágicamente de la mano para contarnos historias que en la superficie son simples, evidentes y visibles y, al mismo tiempo, intensas y salvajes cuando se raspa un poco la superficie. Y nos lleva con su propia voz que tiene el ritmo, el tono y los quiebres perfectos.

Ayer vi El botón de nácar, su último documental. Trata de algo tan sencillo como el agua. Y cómo el agua ha sido la base de vida de los pueblos originales chilenos. Y cómo gracias al agua llegaron los barcos y los mapas que los exterminaron. Y cómo el agua, en tiempos más recientes, se usó también como cementerio de las víctimas de Pinochet. Y de cómo el agua viene de lejos, de muy lejos, de recónditos rincones del universo. Y también nos cuenta cómo el agua habla y se comunica. Y cómo se conecta con las estrellas. Y cómo el agua tiene memoria.

Y nos obliga a estar ahí. Remando entre los fiordo chilenos en las canoas. A no querer ni pestañar.

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